miércoles, 1 de abril de 2009

Llorar peor.

El flaco la estaba llamando otra vez desde el teléfono de la pieza del gato, mientras yo lo miraba desde el pasillo. Por hacer tantas llamadas, se ganó una verdad de las filosas. Ella le decía que la deje de llamar, que estar en otro lugar significa que ya se enamoro de otra persona. El lloraba como un nene cuando lo dejan en el jardín por primera vez. Sin decir chau, cortó el teléfono y se tomó de la panza.
Entré a la pieza del gato y lo miré llorar sin decirle nada. Le prendí la computadora y en youtube le mostré videos de funerales, para que vea los verdaderos llantos de hermanos, padres, hijos, amigos que perdieron a alguien para siempre. “No se murió nadie en tu caso” le dije, pero el truco no funcionó, el se puso a llorar peor. Me preguntó cómo dejar de quererla, de no pensar que está con otro y le dije “la verdad no se”. En esta edad aún no tengo respuestas. Me contó que estaba muy aburrido, que estaba esperando darle la razón a la vida, pero que le costaba no rendirse. No le costaba llorar y cuando arrancaba lo hacía contundentemente. Me contó también que desde chico era llorón, lloraba en el colegio, en inglés, y en casa también. Tenía como mucha culpa por todo, mucho miedo y que ahora de grande lo podía distinguir. Era miedo y culpa. Esas son dos cosas que con el tiempo van mutando en otras actitudes, pero en general, si te contagiaste de chico, de grande aún lo tenés latente. Le propuse que espere, que siga llorando todo lo que quiera, que después junte ganas de salir y que cuando quiera salga corriendo como un perro en el parque.
No le cabio*. Es que el creía que ella aún seguía enganchada desde algún costado con el, pero cuando la llamaba; las noches se le ponían muy saladas de tristeza. Todos los consejos fueron retrucados esa noche. Pero si yo era el que aconsejaba no bajar los brazos, no podía darle tan mal ejemplo de dejarlo tirado por no hacerme caso, después de todo, yo quién carajo era para dar consejos. “Conoce gente” le dije, y me tiró un cuaderno en la cabeza. “No tengo ganas” gritó, no tenía ganas de salir a chamuyarse a nadie, no tenía paciencia para eso. El quería ir al grano, pero los buenos granos tienen mucha cáscara y sin paciencia no se abren (?). El quería diseñar un plan para recuperar a su ex chica y me contó que ella lo había dejado por planificar todo, por ser estratega, zorro, pillo y también berreta. Entonces esa contradicción le hacía corto circuito a la hora de ponerse a pensar aquel plan. Sus oídos siempre escucharon que si la quería la tenía que dejar libre, que aparte de ser más sano, tenía más chance de recuperarla de ese modo, que si la llamaba para llorarle al teléfono. Yo le dije que eso era verdad, que estaba de acuerdo, pero eso era para la gente fría o con las cosas muy claras y el corazón de acero. Se paró y me abrazó, “por fin de acuerdo” me dijo y sonreímos los dos, yo sonreí porque me di cuenta de que no estaba seguro de lo que decía y el sonrió porque alguien lo apoyaba. “Voy a diseñar mi plan” me dijo y yo no sabía qué hacer. En un momento sentí que me pudo estar psicopatiando para que yo terminara apoyándolo, pero después me auto-acusé de perseguido. Le dije que haga lo que quiera, después de todo ¿Yo quién carajo soy? Concluimos pensando en común el mismo acuerdo, que esto es como todo, siempre que se empieza algo de nuevo, si se empieza de cero es mejor, como una crisis, una quiebra, un desalojo o cualquier cosa, pero antes que eso, tenés que querer empezar de 0, que no es lo mismo que empezar de nuevo. A pesar de la filosofía, el entendió lo que yo decía, se le notaba en la cara como captaba todo. Estábamos hablando muy en serio cuando él me pregunto por mi ex mujer. Qué maniobra tan estratega contra mi coraza me estaba poniendo este pibe. Me tembló la voz y me delaté, se me vio la hilacha de las ganas de verla, se dio cuenta que la extrañaba como loco. “epa epa epa, estoy frente a un mismo espécimen” Nos dimos la mano”. Ahora iba a tener que poner la voz mas cruda para que me tome en serio. Le expliqué que yo ya había pasado por ese lugar, y que por eso me tomaba el atrevimiento de aconsejar, que en esta etapa, lo más importante es que la gente te tire buen augurio, porque es una subida difícil de escalar, hay quienes tienen mochilas tan grandes o no tienen herramientas para escalar, y se tienen que quedar abajo. Por eso le dibujé un poco los números, para hacérsela mas fácil.
Al tercer día resucitó entre los muertos, ya era otra persona, y yo no sabía qué decirle, no quería recordarle lo mal que estaba hace tres días, a ver si recaía. El tercer día estuvimos todos de buen humor, íbamos de acá para allá.
Afuera
Dimos mil vueltas y un bar nos gustó para estar a gusto. Fernet, coca, cervezas y un tequila para cada uno, lo suficiente para estar gustosos. El tenía una cara rara, tipo un payaso, estaba como contento y triste a la vez, eufórico y di fónico. Yo comencé a moverme como si bailase y el también. El lugar en el que estábamos era muy cotizado, estábamos en un pasillo obligado para ir y volver del baño de mujeres. Con la noche, el pasillo era una pasarela de posibilidades, aunque ninguno pensaba ver pasar una media naranja en aquel bar, los dos tirábamos redes en todas las olas. Me hacía reír ver como él remaba y ellas también se reían, era un buen espectáculo como para no pedir otra cervecita, con el tiempo me contagié y yo también empecé a asaltar vagones en el tren del amor. Más de una vez me corté las piernas con los rieles esa noche, muchos vagones pero pocas nueces, todas eran simpáticas, mucho perfume a “tengo novio”, y nosotros a esa altura ya estábamos ensañados con el éxito. Me invitó con otra cerveza para hacer una pausa en la cacería, hablar y ver en que estábamos fallando. Yo primero le propuse contarle mi visión sobre el, le dije que creía que estaba hablando muy fuerte, que las asustaba, que muchas chicas se tapaban la cara cuando les hablaba. El se empezó a reír descostilladamente, me preguntaba si le estaba hablando en serio, que el no se había dado cuenta de ser tan patético. Lo tranquilicé comentándole que yo también lo solía hacer y el me comentó que me vio bostezar mientras yo le hablaba a la oreja a una chica. Me reí, no tanto como el, pero recordé el momento del bostezo, y me acordaba de lo aburrido que era lo que yo le estaba diciendo. Hablamos un poco más y nos reímos, después los dos pusimos cara de cansados y nos fuimos al coche. Yo propuse descansar en el auto hasta poder entender las cosas, pero el capricho de dormir cómodos era gigante, así que pusimos el auto en marcha y arrancamos. Venía callado al lado mío, pero con los ojos abiertos, yo manejaba sin acotar. Lo dejé en la esquina de su casa para no dar la vuelta y me fui.
A las dos cuadras escuche un tiro.*




• Cupo
• * Pum!
• Es un cuento medio agarrado de los pelos.

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